Nex Prensa Escrita
Pais:   Chile
Fecha:   2017-11-25
Tipo:   Prensa Escrita
Página(s):   18
Sección:   FRENTE A FRENTE
Centimetraje:   40x28
¿Las elecciones terminaron con el cuadro político instalado en 1990?
La Tercera
Los comicios del domingo pasado revelaron un claro protagonismo de la izquierda más radicalizada, lo que reabrió el debate con respecto a los evidentes cambios que ha experimentado el sistema político y la sociedad chilena desde el retorno a la democracia.
Juan Carvajal Ex Director de la Secom y consultor senior de Imaginacción Consultores

Nuevo mapa político

Los resultados de la primera vuelta presidencial tienen a encuestadores, analistas, políticos y personajes de casi todos los sectores teorizando respecto del porqué las cosas se dieron como se dieron. Sin embargo, de lo que no cabe duda es que esta elección, la primera presidencial y parlamentaria después del fin del sistema binominal, generó una nueva realidad en la política chilena y nuevas premisas frente a los resultados finales que provoca el sistema proporcional. Entre otros cambios, a diferencia del pasado reciente, habrá tres bloques políticos representados en el Parlamento. Además, en Chile Vamos la hegemonía cambió de mano desde la UDI hacia RN, que se transforma ahora en el principal partido de la coalición. En tanto que, al interior de la ex Nueva Mayoría el Partido Socialista se transforma en la principal fuerza de ese conglomerado.

Por cierto, la matriz del cambio generado en esta elección está en la derogación del sistema binominal, que favoreció por décadas la supremacía de dos grandes bloques políticos: la derecha y la centroizquierda. La entrada a la cancha de nuevos partidos, sin duda amplió la oferta para el votante, generando una dinámica tal, que hoy contamos con un Parlamento no solo altamente renovado, sino que ahora dividido en tres grandes bloques. Es decir, se ha roto el entorno político que dominó la política chilena post dictadura. Es más, ninguno de los dos candidatos en competencia para la segunda vuelta cuenta con mayoría parlamentaria, lo que desde ya incorpora un nuevo factor para la gestión gubernamental y obliga a quien gane a construir diálogos, puentes y consensos frente a cada iniciativa.

Por años, el sistema electoral establecido con el regreso de la democracia fue experimentando diversas modificaciones en el sentido de intentar mejorarlo. Entre otros, se normaron los períodos de campaña, se puso límite al gasto, se cambio la modalidad de inscripción voluntaria y voto obligatorio para reemplazarlo por la inscripción automática y el voto voluntario, además se legisló el proceso de primarias. Todo lo anterior, no obstante, no resultó realmente significativo a la hora de los resultados, prevaleciendo la elección de candidatos de los dos grandes bloques políticos.

Ahora bien, el sistema instalado por la nueva ley electoral, que debutó ahora, no es nuevo. El sistema proporcional de D'Hondt se aplica en la elección de concejales desde los primeros procesos eleccionarios post dictadura en Chile. No obstante, es evidente que aplicado a la elección de congresistas, el efecto político resulta mucho más relevante y notorio. La cifra repartidora que contempla dicho sistema es un incentivo a conformar bloques de partidos afmes y que éstos presenten una lista común de candidatos. De esta forma, un candidato muy votado "arrastrará" a la victoria a uno o más de su lista. Han surgido detractores de este sistema, pues lograron un escaño en el Parlamento candidatos que obtuvieron algo más de un 1% de los votos. No obstante, este sistema sin duda favorece la renovación. Es evidente que el cambio generado es profundo y que el fin del binominal há dado como resultado un Parlamento muy diverso, sin perjuicio de que su nueva composición pondrá en el escrutinio público a los congresistas, que generan en la ciudadanía expectativas de que la actual renovación política no signifique más de lo mismo.

Alguien podría argumentar que esta situación ya se vivió en el 2009 con el 20% que obtuvo ME-O en dichos comicios, muy similar a la votación del Frente Amplio ahora en 2017. Sin embargo, tal escenario no es comparable ya que, con el nuevo sistema proporcional, el 20% de la fuerza liderada por Beatriz Sánchez obtuvo 20 diputados, lo que instala al FA como una fuerza significativa en un Parlamento en el que ninguna de las fuerzas por si sola está en condiciones de imponerse, y deja a este sector actuando en política con la mira puesta en los comicios presidenciales del 2022. Es este último dato el que impondrá la resistencia de este sector a ser parte de las fuerzas que agrupa Alejandro Guillier y a actuar de manera autónoma en la política de los próximos cuatro años.

El Parlamento se dividió en tres bloques. Se ha roto el. entorno político post dictadura.

Mauricio Rojas Senior Fellow de la Fundación para el Progreso, FPP

Ni de izquierda ni de derecha

Circula profusamente la tesis ya antigua de que Chile sería un país de izquierda y que el resultado electoral reciente, bajo nuevas reglas, lo habría confirmado, especialmente tomando en consideración el significativo avance del Frente Amplio.

Si bien esta tesis resulta convincente a primera vista, contradice todo lo que sabemos sobre la realidad política y sociológica del Chile actual.

Nuestro pueblo no es mayoritariamente de derecha ni de izquierda, sino de centro o indiferente a la cuestión política. Se trata de una gran mayoría desideologizada, ecléctica y pragmática, que quiere un poco de allá y un poco de acá, un mix de tradición y modernidad, Estado y mercado, continuidad y cambio.

Entender esto es clave para no confundir la pulverización del centro político con su desaparición como fenómeno sociológico. En especial en un escenario político-mediático capturado por élites y opinólogos muy poco representativos o sensibles ante este sentir difuso, aterrizado y muchas veces contradictorio tan marcadamente predominante en nuestras nuevas clases medias. .

Simultáneamente, existe una bajísima identificación y aún menor confianza en los partidos políticos. Se buscan por ello "caras nuevas", gente lo más lejana posible de la política como profesión y de la clase política como corporación profundamente desprestigiada.

Estas consideraciones son muy importantes para interpretar el gran caudal electoral del Frente Amplio y, en general, la abrupta caída de las opciones ligadas a los partidos tradicionales. No se trata de una opción ideológica, sino de un rechazo hacia algo (la clase política, los abusos, los privilegios, etc.) y un deseo impreciso de que las cosas sean distintas. También hay un deseo genérico de que seamos más solidarios, amables e inclusivos, sentimiento que no es de izquierda ni de derecha, sino profundamente humano. Otra cosa es cómo todo aquello se canaliza.

En este sentido se debe reconocer la gran capacidad del Frente Amplio y, en particular, de Beatriz Sánchez, de canalizar muchos de estos sentimientos y transformarlos, gracias a las nuevas reglas electorales, en una significativa bancada parlamentaria. Pero considerar esto una izquierdización del país no resiste un análisis serio.

Tomemos Puente Alto como ejemplo, comuna que representa, por su importancia, el mayor triunfo electoral de Sánchez (31,4%) superando de manera clara tanto a Piñera como a Guillier. Lo interesante es que en esta misma comuna el candidato de Chile Vamos, Germán Codina, obtuvo más del 80% de los sufragios en las elecciones municipales de 2016.

¿Significa esto que los puentealtinos dieron un espectacular vuelco de la derecha a la izquierda? Nadie podría seriamente postular algo tan antojadizo.

Lo evidente es que las sensibilidades en parte captadas por Sánchez fueron las mismas que masivamente captó el sucesor de Manuel José Ossandón, pero dándoles un signo político completamente distinto.

De ello se deduce el gran dilema político de la segunda vuelta. Si la atención de los candidatos se vuelca prioritariamente hacia lograr acuerdos políticos cupulares o satisfacer egos políticos olvidándose del gran centro sociológico chileno, caerán en una trampa letal.

Por cierto que para Alejandro Guillier es clave atraer a Beatriz Sánchez y lo mismo vale para Sebastián Piñera en el caso de Manuel José Ossandón, pero lo que sobre todo deben entender es la capacidad de estos políticos de captar y canalizar las sensibilidades difusas y desideologizadas de la gran mayoría de los chilenos.

El país no es mayoritariamente de derecha ni de izquierda, sino de centro.