Pais:   Chile
Región:   Metropolitana de Santiago
Fecha:   2024-09-01
Tipo:   Prensa Escrita
Página(s):   D6-D7
Sección:   Reportajes
Centimetraje:   54x54
El Mercurio
En 2022 se votó el texto de la Convención:
A dos años del 4-S, 12 voces analizan el fracasado proceso constitucional
El maximalismo, el espíritu refundacional y las ideas identitarias fueron los factores que llevaron, a juicio de varios de estos columnistas, al rechazo de la propuesta. Algunos ven demandas inconclusas mientras que otros resaltan que la ciudadanía dijo, con claridad, que busca cambios graduales.

Recuadro
Las convicciones y Chile en el centroEl 4 de septiembre ha sido testigo de fechas históricas. Desde la elección de presidentes, como Eduardo Frei Montalva, el Día del Vino, hasta el día en que las mujeres chilenas votamos por primera vez. Pero lo más importante de la historia reciente es el 4 de septiembre de 2022, fecha en que se dijo NO al resentimiento y a la división, rechazando un mal texto e imponiéndose el sentido común y la esperanza.
Ese 4 de septiembre desperté tranquila, con una sensación de entusiasmo difícil de describir. En mi corazón solo había espacio para la confianza en la sabiduría de nuestros compatriotas. Tenía fe en nuestra campaña; fe en las figuras públicas que representaban el Rechazo, pero, sobre todo, fe en los miles de chilenos que caminan con miedo en la calle, que no llegan a fin de mes, que tienen pánico de enfermarse y no poder acceder a soluciones en salud. A pesar de que, desde el otro lado, les habían prometido el cielo, el mar y la tierra, ellos sabían lo que era correcto para nuestro país.
Ese día, cuando fuimos a votar con Christian, las personas nos demostraron con sus gestos que habíamos logrado representarlos. Mientras trataba de contener la ansiedad de conocer el resultado final en el Hotel Galerías, lugar histórico —ahí estuvo el comando del No en 1989— mi corazón me aseguró que estábamos del lado adecuado de la historia… ¡y el resultado nos dio la razón!
Ese 4 de septiembre marcó un punto de inflexión en mi carrera política. Me di cuenta de que había muchos con quienes ya no compartíamos el mismo camino, y que solo la inercia nos había mantenido unidos los últimos años. Sus intereses estaban puestos en mantener el poder a cualquier precio; los míos, en defender las convicciones que me hicieron participar en política de manera activa.
La valentía de defender convicciones era fundamental, nos acusaron de haber 'cruzado el Rubicón': Falso, solo defendimos nuestras convicciones. Pocas veces en mi vida política he visto ese coraje que traspasó por completo el individualismo. Solo pensamos en unirnos y salvar a Chile. Y así fue.
Una y otra vez vienen a mi mente conversaciones y reuniones, desde esa temprana conversación con Felipe Harboe en febrero de 2022, hasta la definición que tomamos con Matías Walker en junio de ese año.
Las lecciones son muchas, pero lo más importante: ¡Aprendimos que juntos siempre somos más y que cuando defendemos las convicciones, somos invencibles!
La mayoría silenciosa que irrumpió el 2022El plebiscito del 4S de 2022 reintrodujo el voto obligatorio, lo que movilizó al 86% de los electores, duplicando el porcentaje de quienes participaron voluntariamente en la elección de los constituyentes del año 2021. Fue una mayoría menos politizada la que emergió en esa jornada, desafiando a un mundo político ya acomodado a las campañas con voto voluntario.
Tras años de elecciones voluntarias, en las que la participación electoral terminó acotada a los segmentos de mayores ingresos y más interesados en la política contingente, la obligatoriedad empujó a las urnas a grupos que se habían automarginado.
Esta reactivación se tradujo en una masiva expresión de rechazo a la propuesta constitucional plebiscitada e indirectamente al gobierno de Gabriel Boric, percibido como más enfocado en imponer una visión ideológica en una nueva Constitución que en gobernar y ofrecer soluciones para el conjunto del país.
El referéndum de 2022 demostró que la mayoría silenciosa prefiere cambios graduales que respondan concretamente a necesidades cotidianas. Basándonos en datos de Criteria, por aquellos días advertimos con vehemencia que, si la Convención no abandonaba el maximalismo y optaba por la gradualidad, caminaba directo al despeñadero. La ciudadanía no rechazaba los cambios, los anhelaba, pero aspiraba a que estos estuviesen en sintonía con sus subjetividades más que en imposiciones ideológicas e identitarias como terminó siendo el primer proceso constituyente.
Este deseo mayoritario de cambio con estabilidad y gradualidad fue un verdadero mazazo para el Presidente Boric que, tras la derrota, se vio obligado a cambiar radicalmente el rumbo de su naciente gobierno.
Si bien la izquierda subestimó a la mayoría silenciosa antes del 4S, la derecha repitió el error tras el triunfo del Rechazo con un 62%, al creer que esos electores apoyaban sus ideas en lugar de rechazar las propuestas maximalistas e identitarias de la izquierda.
El error de interpretación de la derecha se acentuó con la elección de consejeros constitucionales, que les dio la mayoría en el segundo proceso. Un año después, al proponer una Constitución identitaria de derecha, también sufrieron un duro revés en las urnas.
El plebiscito de 2022 dejó varias lecciones. Entre ellas, que es riesgoso subestimar una mayoría silenciosa, que no comulga con ruedas de carreta, y que volvió para quedarse.
Después del 4 de septiembreDespués del 4 de septiembre, la política institucional respiró aliviada. Al fin se cerraba ese proceso que había impugnado su hegemonía, dejándola como mera observadora de la discusión de la nueva Constitución. El alivio fue doble: no solo se rechazó una propuesta que no contaba con su venia, sino que además el rechazo fue abrumador. En parte causa, en parte consecuencia de esto, la Convención quedaba enteramente desacreditada, como 'un circo'. El resultado, desde el punto de vista de la política institucional, era inmejorable: habiendo sido impugnada su hegemonía, los impugnadores, precisamente por el modo de su impugnación, habían sufrido una derrota de proporciones. Después del 4 de septiembre se buscó capitalizar ese resultado, fijando en la memoria del público la Convención como un recuerdo infamante. El esfuerzo de crear y mantener un recuerdo infamante llegó a extremos casi graciosos por lo absurdo, como la creación de una inhabilidad ad-hoc para participar en el 'segundo' proceso constituyente a los 155 convencionales: ninguno de los habituales defensores de los derechos constitucionales observó que la privación retroactiva de derechos políticos a personas nominadas es el paradigma de una decisión abusiva; tampoco en que se trataba de un abuso enteramente gratuito por innecesario, porque los participantes en ese proceso debían ser designados... ¡por los mismos que aprobaron la inhabilidad!
Junto con esto, hemos estado también observando un intento, que no puede dejar de ser calificado como portentoso en su extraordinaria pretensión, de cambiar el recuerdo de las personas respecto de lo ocurrido desde octubre de 2019 en Chile: no hubo un estallido social; no, fue un estallido 'delictual'. Si ahora hasta 'el perro ese' es 'denigrante'.
Es que la política en buena parte es la disputa por el pasado, sobre cómo recordar el pasado.
Pero a pesar de su sonora victoria, la 'clase política' (etiqueta especialmente apta para describir la reacción de la política institucional a la Convención) no recibió mayor rédito. La distancia del público hacia ella y los partidos políticos no ha disminuido. Y las demandas y la exasperación ciudadana que llevaron al estallido no han sido solucionadas. Las isapres debieron ser salvadas con un perdonazo, la reforma de pensiones sigue estancada. La demanda de seguridad es usada como arma arrojadiza por 'los políticos', de modo que cualquier cosa que pase (salvo quizás alguna forma de fascismo tipo Bukele) será vista como insuficiente, lo sea o no. La ciudadanía, por su parte, ha mostrado una notoria consistencia y ecuanimidad en rechazar todo.
Con esta ciudadanía la política institucional tiene que comunicarse. Esto no es fácil, dadas las condiciones actuales. Para ello, deberá hacer, le guste o no, algo como lo que ocurrió en la Convención: aprender a relacionarse de igual a igual con quienes no están político-institucionalmente integrados, que sospechan de quienes siempre lo han estado, y construir lentamente las condiciones de la conversación política. La experiencia lograda en la Convención, sin embargo, quedó sepultada bajo la descalificación; y la descalificación no muestra precisamente disposición a hacer ese esfuerzo de aprender.
Nuestra sociedad expresó con madurez su preferencia por la moderaciónLos resultados del 4-S fueron un baño de realidad para el oficialismo. No cabe duda, la síntesis del proceso fue un fracaso para un sector que pretendía hacer modificaciones estructurales de nuestras instituciones y de esa forma impactar en el modelo de desarrollo. De paso y al corto plazo, impactó severamente la marcha del Gobierno.
El fracaso del 4-S es consecuencia, entre otros factores, de errores en la Convención, con exceso de posturas partisanas de algunos de sus integrantes, de propuestas identitarias a contrapelo de valores muy arraigados y lecturas equívocas de nuestra sociedad, así como de una marcada campaña de desinformación que distorsionó varios aspectos del texto. Por esto, quienes apoyamos dicha propuesta lo hicimos bajo el compromiso de que se implementarían cambios al texto. Nos pareció que de esa forma se podría salvaguardar la oportunidad histórica de contar con una nueva Constitución a partir de un proceso constituyente.
Aquí cabe una reflexión: como Socialismo Democrático no tuvimos la fuerza para levantar la voz y proponer una Constitución que interpretara o reflejara nuestra mirada de Chile y que al mismo tiempo sintonizara con la ciudadanía y así nos hubiese permitido terminar con la Constitución del 80.
Con todo, el segundo proceso constituyente también fracasó, pero con dos agravantes. Primero, no se aprendió la lección del 4-S donde quedó claro que cuando un sector impone su visión y se lleva la 'pelota para la casa' es rechazado por la ciudadanía. La derecha y la extrema derecha no pudieron resistir la tentación. La segunda agravante fue que ese proceso contó con un texto de propuesta de Constitución, con reforma al sistema político incluido, que fue consensuado del PC al Partido Republicano, y ese texto, que constituía una base razonable para encauzar el proceso, fue ignorado. En su defecto primó una afiebrada propuesta constituyente de la derecha, que cometió el mismo error de quienes lideraron el primer proceso.
Nuestra sociedad expresó una gran madurez e hizo patente su preferencia por la moderación al rechazar dos propuestas que consideró extremas. Esto se condice con los diversos estudios de opinión que muestran que la sociedad quiere acuerdos. Estamos al debe.
Las ideas no se defienden solas'La violencia solo puede ser disimulada por una mentira y la mentira solo puede ser mantenida por la violencia. Cualquiera que haya proclamado la violencia como su método está inevitablemente forzado a tomar la mentira como su principio'. Esta frase de Aleksandr Solzhenitsyn es atingente a nuestra actualidad política, y a un nuevo aniversario del 4 de septiembre.
Uno se preguntará ¿por qué? Primero, porque la propuesta rechazada contundentemente por el sentido común de los chilenos fue redactada por una asamblea (Convención Constitucional) que no solo nació de la violencia, sino que la siguió validando luego de su instalación. Una Convención cuya primera declaración fue la petición de indulto a los delincuentes de octubre de 2019; que no condenó nunca la violencia; que dejó fuera al terrorismo como atentado a los derechos humanos; y que no incluyó el Estado de Excepción Constitucional de Emergencia, restringiendo las herramientas que los gobiernos tienen para cumplir el rol central del Estado, que es dar seguridad a las personas.
Segundo, porque esa propuesta refundacional no fue una suerte de 'salida de madre', sino que fue redactada por los convencionales de todos los partidos que actualmente gobiernan, y apoyada incluso por partidarios de la Democracia Cristiana; todos los que luego llamaron a aprobarla. Se trata de colectividades que, especialmente en el caso del Frente Amplio, han hecho de la irresponsabilidad y el amateurismo un sello distintivo. Caracterizado por una generación que llegó al poder distorsionando nuestra historia reciente y polarizando odiosamente la sociedad. El desastroso texto constitucional, que fue rechazado sensata y contundentemente por una amplia mayoría del país, eliminaba instituciones fundamentales de nuestra democracia e incorporaba otras, de corte chavista, ajenas a nuestra cultura. Los indultos y pensiones de gracia a violentistas fueron el corolario de este período de extravío y de la acción de los dirigentes políticos que lo caracterizan.
Las ideas refundacionales siguen más presentes que nunca, quizás sin corpóreos, sin falsas enfermedades y sin tanto 'circo', pero vigentes al fin y al cabo. Que nuestros compatriotas hayan salvado a nuestro país hace dos años atrás, no debiera ser sinónimo de tranquilidad, ni de ingenuidad. Por el contrario, nos debiera animar a defender día a día la libertad, en cada proyecto y en cada política pública. Como diría una ex convencional constituyente: las ideas no se defienden solas.
Carnaval y el día despuésUn gobierno arrinconado, poco preparado como todos para una contingencia como esta, recurrió a una medida desesperada, vieja triquiñuela de tradición latinoamericana, que una nueva Constitución podría canalizar la crisis. En realidad, el acuerdo del 15 de noviembre de 2019, al que se le añadió la pandemia, también puso al país en el carril de intervenir la realidad humana vía las leyes. La respuesta debía ser la constitución N° 253 de América Latina desde la independencia. La gran mayoría, atemorizada y alborozada, le prestó abundante apoyo a un bosquejo en línea con la tendencia neopopulistachavista, por dar una referencia.
Entonces, por un sentimiento reflejo de prudencia y desencanto, por los desafíos de la delincuencia de nuevo cuño y por el ambiente frívolo e infantil de la Convención, hubo un despertar, un fin de fiesta, que se reflejó en el segundo semestre del 2021 en un cambio sostenido de la población que afloró en las elecciones presidenciales. En estas triunfó cómodamente el Presidente Boric ante la derecha dura (esta tuvo un no despreciable 44%), moderando su proyecto. De forma paralela, la Convención Constitucional se arrojó a redactar una carta/manifiesto que no le iba a la zaga a la de Chávez, de esas que no sirven para nada aunque se proclamen la llave para abrir las puertas al paraíso perdido; garantizaban que el país se volviera ingobernable. Una amplia mayoría de la población percibió un mal olor en Dinamarca y ese 4 de septiembre rechazó de manera rotunda la propuesta. Hubo una segunda oportunidad, ocasión dorada, con el Consejo Constitucional, para redactar una nueva Carta representativa de la razón, del sentido común y de nuestra historia. Cayó en la misma confusión entre Carta y manifiesto, si bien en menor medida. Igualmente fue rechazada (por menor diferencia).
Se volvió a fojas cero, la de 1980. Hasta el 2005 había experimentado reformas bastante consensuadas. Después hubo desperfilamiento en especial en el articulado sobre sistema político, y permanecemos en una trampa autoimpuesta. Sin embargo, comparado con las negras horas de octubre y noviembre del 2019; o de las perspectivas de una Carta con rasgos woke, todavía recibimos bendiciones de los dioses. ¿Se podrá retornar a una creatividad sensata?
Transformar Chile: Demanda inconclusaCerrado el proceso constitucional con el rechazo de ambas propuestas, surge la pregunta si han desaparecido las demandas que originaron el proceso. Al revisar el estudio de desarrollo humano del PNUD 2024, se observa que persiste en Chile la adhesión a cambios (88%), profundos (75%), pero graduales (57%). Persiste también una opinión: Chile ha vivido cambios, pero estos no han llegado a quienes más lo requieren en materias como pensiones, salud, educación, salario o trabajo. Entonces, cómo explicar el rechazo al cambio constitucional. Hacerlo requiere de un análisis del ciclo político vivido.
La derecha, a partir de calificar al estallido social como una expresión delictual, pretende deslegitimar sus causas. Lo cierto es que fue una masiva y amplia protesta ciudadana, protesta que obligó a conservadores, incluidos empresarios, a abrirse a un proceso de cambios, posición táctica y funcional para defenderse del desprestigio hacia la ciudadanía, que pronto abandonaron para preservar el orden social y económico vigente.
Así nace la propuesta de la Convención Constitucional de dotar al país de un texto que diese por superado el principio de subsidiariedad y la escasa protección de los derechos sociales en Chile, con ello, la expresión Estado Social y Democrático de Derechos se hizo parte del léxico político del momento.
Sin embargo, pese a contener avances significativos, la propuesta de la Convención incorporó asuntos alejados del sentir ciudadano, condición que la derecha aprovechó para caricaturizar, lanzando una campaña agresiva que desprestigiaba al texto de la Convención y a sus integrantes.
Esa campaña usó un diagnóstico de la sociedad que el PNUD también releva y que se ha profundizado: prima en el país una subjetividad social pesimista, escéptica, desconfiada, que reconoce como villanos a las élites, sin hacer distinción y repeliendo a todos por igual. En este sentido, el rechazo también se explica por la incapacidad de los liderazgos progresistas, sociales y políticos, para comunicarse con los actores populares y generar lazos de confianza para procesar sus demandas.
El rechazo de la propuesta del Consejo Constitucional, en cambio, se funda en la tozudez de la extrema derecha de mantener inalterado el sistema privatista en el que las personas logran bienestar solo si tienen los recursos para pagar por bienes y servicios en el mercado.
Lo anterior obliga a concluir que el ciclo político no está cerrado. A dos años del rechazo de la primera propuesta constitucional, lo relevante sigue siendo impulsar transformaciones sustantivas, que establezcan las bases de un sistema social y político efectivamente democrático y que, abandonando los estrechos límites de la subsidiariedad, incida en lo que las personas sienten justificadamente como obstáculos injustos para la buena vida. Es urgente un nuevo trato que provea de tranquilidad, seguridad y protección, modificando el sistema en materia de pensiones, de salud, de educación, de salarios y de trabajo. El desafío para la izquierda y el progresismo, entonces, en unidad es prepararse y acometerse para estas grandes transformaciones, en un proceso permanente y sustantivo, que permita recomponer la confianza del pueblo en el sentido de la política para la vida en sociedad.
El andamio frágilEl rechazo de los chilenos a la propuesta de la Convención Constituyente y el alto margen de votación en contra fueron, sin duda, un alivio enorme para quienes temían que Chile viviera una refundación de todo nuestro ordenamiento y la instalación de una lista larga de demandas identitarias.
Ese 4 de septiembre de 2022 los chilenos no aceptaron la radical propuesta y tampoco se llegó a consenso para el segundo intento.
Pero al voltearse a mirar el país que quedó después de estos procesos, no queda otra alternativa que lidiar con el Chile previo a ellos y ver cómo avanzar en ese escenario. Lo preocupante de este ejercicio es que varias de las reformas anteriores, de mediados de la década pasada, dejaron un país con un andamio político y económico frágil.
Tenemos una política altamente fragmentada, incapaz —por diseño electoral, en gran parte— de llegar a acuerdos en temas como pensiones y salud. El fin del binominal fomentó la aparición de partidos frágiles que desaparecen y se reemplazan por otros igual de efervescentes, además de una proliferación de liderazgos díscolos.
La reforma tributaria de 2014 no solo no aumentó la recaudación, sino que incentivó a los inversionistas a considerar otros destinos para sus capitales al instalar en el discurso una desconfianza hacia el sector privado. Un reciente paper plantea que de no ser por esas reformas, Chile habría crecido a tasas similares de las de los noventa (Paniagua, Toni y Órdenes, 2023).
Educacionalmente, las reformas se centraron en lo institucional y no en la calidad. El fin al copago y el de los colegios particulares subvencionados con lucro cortó buenos proyectos educativos y la posibilidad de los padres de empoderarse en donde eligen los colegios de sus niños. Se buscaba equidad, pero hay alumnos sin cupos y preocupante ausentismo y deserción escolar, factores clave para equiparar la cancha. La gratuidad en la educación superior tiene hoy crujiendo financieramente a varias universidades.
La implementación de estas reformas y el discurso hacen difícil hoy pensar en despegarnos de un crecimiento mediocre y sacar adelante una reforma de pensiones y salud eficiente y respetuosa de la libertad de elegir de las personas. Y a eso hay que sumar el aumento de violencia de la delincuencia y el crimen organizado aceleradamente instalándose en el país.
Las recientes encuestas muestran que hay algo de desesperanza en el país, pero también voluntad de cambios graduales. Es de esperar que quienes emerjan como liderazgos de las elecciones 2024 y 2025 revisiten el andamio para fortalecerlo.
Una victoria épicaEl 4 de septiembre fue una victoria épica, del amor a Chile sobre el odio a lo que hemos construido, de la paz sobre la violencia. Un triunfo lleno de enseñanzas para el ahora, el mañana, para Gobierno y oposición. Cambiar la Constitución nunca fue una solución a los problemas. Fue una ilusión que vendieron políticos de todos lados y que decantó en un nuevo desencanto ciudadano.
Fundamentalmente lo que falla en Chile es el Estado como legislador, regulador y proveedor de servicios. Necesitamos buenas políticas implementadas con decisión, gestión eficaz y urgencia, mucho de lo cual se perdió con Bachelet II. La izquierda quiere caricaturizar la Convención como un grupo alocado que prefiere olvidar. La verdad es que la Convención no fue un circo. Fue un intento muy pensado por imponer la ideología de G. Boric y su coalición. No la escribieron los convencionales más coloridos. Estuvo repleta de expertos. El ministro Marcel dijo que no veía riesgos para la economía en ella y Tohá y Mirosevic fueron entusiastas voceros del Apruebo. De autocrítica nada. El programa de gobierno y la Constitución de la Convención son dos caras de la misma moneda y han fracasado porque están basados en un diagnóstico irreal con propuestas equivocadas.
En la Convención éramos pocos contra lo que parecía un maremoto. Sin estrategia, sin defender nuestras ideas aunque fuéramos perseguidos, sin comunicación ciudadana y unión, no habríamos ganado.
El Rechazo fue amplio y diverso. Organizaciones ciudadanas tuvieron peso, como Con Mi Plata NO. Cuando se rechazó su propuesta de garantizar la propiedad de los ahorros previsionales y se aprobó lo contrario, el Rechazo comenzó a liderar las encuestas. Ese hito demostró que, incluso en los derechos sociales, la Convención estaba en contra de los ciudadanos. La lección es clara: nunca más política sin la sociedad civil. La división política hoy sigue siendo entre los partidarios de una sociedad libre y democrática —ya sean de derecha, centro, socialdemócratas o simples ciudadanos— y los fanáticos partidarios de una refundación estatista. La unión de las fuerzas del Rechazo es clave para ganar las próximas presidenciales y tener una mayoría en el Congreso para que Chile vuelva a ser seguro y a despegar económica y socialmente.
Las rabias que llevaron al estallido están ahí. Necesitamos volver a vivir con seguridad. Necesitamos cambios en libertad y paz, con fuerte sello social. Así volveremos a ese puro Chile con su cielo estrellado como gritamos ese 4 de septiembre.
Un salto civilizatorio que Chile dejó escaparEl proceso constituyente del año 2022 representó un hito histórico en la vida política del país. Fue una respuesta a la demanda social emergente que culmina en el estallido social de 2019 y un 78% ciudadano a favor del cambio constitucional. Se evidenciaba un profundo descontento con el modelo social y económico y una demanda por reformar las estructuras políticas e institucionales.
La Convención Constitucional tuvo el potencial de ser un salto civilizatorio hacia un convivir más civilizado y moderno, inclusivo y justo. Chile vivió uno de esos momentos en que era preciso mirar más allá de los árboles, y orientarse a una Constitución del bien común, donde todos y todas se sintieran acogidos, comprometidos en sostener juntos el hogar compartido. Una Constitución democrática de mínimos civilizatorios; de avances en gobernanza, prosperidad compartida, género y paridad, pueblos originarios, desafíos del cambio climático; y sobre todo habilitante, que permitiera el buen juego político para diseñar y dirimir las políticas públicas. Todo lo cual quedó pendiente.
Este intento histórico fracasó; un 62% lo rechazó. En gran medida, porque la propuesta final fue vista como un proyecto político propio de una mayoría circunstancial, en lugar de un pacto que uniera al país en su diversidad. Se optó por la polarización. No por acuerdos que apoyara una amplia mayoría social. El texto era maximalista e identitario por su extensión y detalle, por sus particularismos y complejidad. Existió la percepción de que la nueva Constitución contenía promesas difíciles de cumplir. Al proceso y los debates les faltó templanza, dividieron, la tan anhelada 'casa común' quedó relegada.
El horizonte constitucional no está despejado. 'El papá pregunta a Juanito por qué su ojo hinchado; el niño responde, 'te juro que el otro quedó peor'. El padre lo abraza con orgullo'. La violencia escultural en Chile y Latinoamérica. No sorprende ver hoy su exacerbación en los hogares y la calle, en lo social y lo político: violencia física y verbal normalizada. Sumemos la creciente polarización, aquí y en el mundo, que enfrenta a ellos con nosotros, a fieles con infieles, donde prima el antagonismo y no la convergencia.
Chile ha dejado escapar dos veces la oportunidad de dar un salto civilizatorio. Atrevámonos a abrir una nueva posibilidad de encontrarnos, en diversidad, en el aprecio y respeto, para hacerlo posible.
Búsquedas y extravíosLa historia podría contarse más o menos así: el año 2011 irrumpe un poderoso movimiento estudiantil que concita gran apoyo ciudadano pidiendo 'fin al lucro', 'educación pública, gratuita y de calidad', y 'una nueva Constitución'. Lo lideró una generación universitaria nacida el año 1988, cuando se llevó a cabo el plebiscito que puso fin a Pinochet. Aunque mayoritariamente hijos o nietos de la Concertación, los dirigentes de ese movimiento estudiantil, entre quienes se encontraba Gabriel Boric, aparecían en la escena como una fuerza renovadora y ajena a los pactos de la transición.
Michelle Bachelet, en la elección siguiente, hizo propias buena parte de sus demandas, aunque sin contar con el apoyo de todos ellos. La conquista de una nueva carta fundamental ya no aspiraba solo a dejar atrás esa nacida en dictadura, sino también a configurar un nuevo pacto social, hijo de los nuevos tiempos, del fin de la Guerra Fría, de las nuevas realidades tecnológicas, del calentamiento global, de la revolución feminista, del reconocimiento de las diversidades culturales y los derechos sociales. Tenía el reto, por otra parte, de generar un sistema político capaz de dar gobernabilidad en estos tiempos dispersos y convulsos. O eso creíamos algunos.
Fue un ejercicio pacífico y de admirable civilidad, pero infructuoso. El mundo político, transversalmente, nunca lo sintió propio, y lo dejó morir.
Piñera, apenas asumió, dio por sepultado ese 'momento constituyente', pero en medio del estallido social que descalabró todo, un acuerdo político amplio lo reposicionó.
Según las encuestas más respetadas, en torno a un 80% de los chilenos apoyaba entonces las protestas, casi el mismo porcentaje que luego votó a favor de una nueva Constitución y que se encargó de especificar que no la quería confeccionada por el Parlamento. Esta vez el proceso constituyente era asumido por todos los partidos —salvo la extrema izquierda y la extrema derecha— como la mejor alternativa para reconstituir un pacto social que parecía roto.
Entonces vino la pandemia, las calles violentadas y bulliciosas del estallido se sumieron de golpe en un silencio sepulcral apenas interrumpido por las sirenas de las ambulancias. Entre marzo de 2020 y marzo de 2021, la peste mató a cerca de 25.000 personas. El Zoom entró en nuestras vidas. Al interior de sus viviendas, miles de familias sufrieron dramas secretos.
En medio de la calamidad, también se vivió un clima de esperanza. Que un grupo de chilenos social y culturalmente heterogéneo, con poquísimos militantes, la mitad mujeres, en su mayoría jóvenes y con representantes de todos los pueblos indígenas, diseñara las bases de una nueva institucionalidad, despertó en muchos la ilusión de un acuerdo moderno, insólitamente democrático, inclusivo y pacificador. Organizaciones de todo tipo se involucraron haciendo presente sus pareceres, el mundo académico aportó con estudios, muchos de ellos financiados por organizaciones internacionales, se publicaron centenares de libros y en muy distintos escenarios fueron debatidos cada uno de los aspectos por resolver.
Lo que se impuso, sin embargo, fue la furia del estallido. En lugar de generarse puentes, muchos decretaron: 'Hay ríos que no se cruzan'. Yo fui parte de esa Convención y experimenté, al mismo tiempo, lo extraordinario del empeño y lo frustrante del resultado. Esa propuesta de Constitución la rechazó un 62% de los chilenos por ajena y excesiva; sobre todo, por confrontacional.
El intento siguiente lo tomaron en sus manos los partidos políticos. El entusiasmo e interés de la población ya eran mínimos. La molestia que antes habían representado la Lista del Pueblo y otras organizaciones de izquierda, esta vez la encarnó el Partido Republicano. Y con la misma tozudez, repitió su error, pero al revés.
Balance: a medida que la democracia es más inclusiva, es más difícil de administrar; sin partidos no sabemos gobernarnos y los actuales no consiguen representarnos; vivimos tiempos aceleradísimos y deseamos cosas contradictorias; nos une estar 'en contra' y nos dispersa estar 'a favor'; los grandes cambios conviene realizarlos gradualmente y no hemos encontrado el modo de ponernos de acuerdo. Mientras tanto, el país del estallido sigue aquí, inquieto y huyendo de las simplificaciones, como un enigma.
El voto real y el voto imaginarioEl Apruebo estaba cargado de miedo y entusiasmo, hijo del estallido con su ilusión febril pero también su ferocidad. En su imaginario estaba el Metro ardiendo como las guitarras del día de un millón o más convocados, estaban Las Tesis como también 'El que baila, pasa'. Era ingenuo pensar que una sociedad traumatizada por la violencia de esos tiempos (no fueron días, fueron semanas, meses) podía responder aprobando una Constitución cuya gestación tenía personajes perturbadores como la tía Pikachu o la falsa historia de Rodrigo Rojas Vade y los insultos directos que calificaban como fachos pobres a los que intentaban un mensaje crítico o una mirada desconfiada a este proyecto refundacional. Algunos, que pensaron que eran los más, sentían la euforia de un cambio radical sin tomar en cuenta que los cambios siempre se anuncian con el miedo y el espanto, por buenos que puedan ser. Ese posible cambio ya era temible. Se sumaba el estallido que había tomado el centro de la ciudad. Tiendas destruidas, estatuas derrumbadas, hoteles ardiendo. Una atmósfera aterradora para la gran mayoría, la que era desvalorizada. No se pensó que nuestra sociedad vivía un estrés salvaje, no se pensó que se venía del entusiasmo pero también del terror.
Encima, el gobierno se identificó masivamente con el Apruebo, se puso la camiseta y no dejó dudas de su preferencia. Se olvidó de la escasa mayoría electoral con que había llegado al poder. Se olvidó de pensar. Se subió al pedestal del derrocado Baquedano y proclamó el Apruebo como la obra señera de este período presidencial. Estratégicamente, un error grueso. Se votaba de nuevo a Boric, quien se expuso a lo que esperaba sería un triunfo monstruoso, transformando a Chile en un país que sentían un sueño pero que ya había tenido imágenes de pesadilla.
Y como titularon en el No, 'corrió solo y llegó segundo'.
Alguien escribió que Chile no estaba preparado. Definitivamente no. La herida ardiente del estallido no cerraba ni, me temo, cierra todavía: entre grafitis y demolición, entre inseguridad ciudadana y saltos de torniquetes, entre tomas de colegios y la sensación de miedo en la calle. ¿Vendrá ese cambio? Los hay que probablemente se necesitan. Pero la paz es el verdadero sueño de Chile. Su más profunda necesidad. Quizás, a partir de esa paz y con esa paz como meta, podemos comenzar a pensar de verdad un país nuevo que, esta vez, de verdad sea hermoso.